Nos pasamos la vida buscando una puerta que nos conduzca a la felicidad: ya sea la puerta del despertar, la de la palabra, la puerta del arte…no importa cómo la llamemos.

Inspirándome en las reflexiones de Pablo d’Ors, al principio llamamos con los nudillos, con suavidad. Más tarde la golpeamos con fuerza, al comprobar una y otra vez que somos ignorados. Nuestro descorazonamiento llega a tal punto que hasta nos plateamos hechar la puerta abajo… Porque no parece que haya forma humana de que se abra.

Finalmente rendidos a la evidencia, nos sentamos frente a esa puerta y empezamos a mirarla. Registramos entonces en nuestro corazón los sentimientos más variados: rabia, aburrimiento, esperanza, resignación…

Sólo hay una manera para que esa puerta se abra: sentarse frente a ella y decidir que no te moverás de ahí el resto de tus días, pase lo que pase. La puerta se abre cuando aceptas estar ante ella aunque no se abra.

Cuando traspasas el umbral (de la contemplación), descubres algo sorprendente: lo que hay al otro lado…¡es lo mismo que lo que hay en este! No ha cambiado nada, eres tú quien ha cambiado. Has pasado del pensar al percibir, del hacer al ser. Haces cosas, pero podrías no hacerlas y sería lo mismo. Eso, sin embargo, hace que todo sea muy diferente.

Cuando estas al otro lado descubres que había muchas puertas, muchísimas, y que podrías haber entrado por cualquiera de ellas. Está la puerta de la religión, por ejemplo, pero también la del amor a la pareja, la puerta de la filosofía, la del ejercicio físico, la de la enfermedad, la de la ayuda a los pobres… En realidad, todo sin excepción es una puerta, es decir, una ocasión para el despertar: un viaje, el sabor de una fruta, la sonrisa de un niño, una mala noche…Cuando se descubre que todo es una puerta, lo que en verdad se está descubriendo es que no hay puerta alguna. ¡Que ya estabas dentro!

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Santi Perich

Psicólogo Col.12669 con una consulta situada en el centro de Sabadell.

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