El impulso de apropiación y de autoafirmación ya está latente en el niño, pero el germen de la frustración y de la sospecha no ha prosperado todavía; o al menos no del todo. Ese niño interior -confiado e inocente- es el que resucita, casi milagrosamente, cuando nos sentamos a meditar.

No impidas que tu niño se acerque a ti cuando meditas. Ponlo en tu centro. Mira bien que el niño no tiene planes más allá de lo inmediato. Mira que su fragilidad (y nada hay tan frágil como un niño) es vivida sin temor. No se trata de ser ese niño que fuiste, sino de serlo después de haber dejado atrás esa etapa. La vida espiritual no invita a una ingenuidad infantil, sino consciente. No a un candor ignorante, sino sabio. Te invita a una inocencia desde la experiencia. Y eso ¿en qué consiste? En ver el bien del mundo y en permanecer lo más posible en esa mirada. En trabajar con la disposición del juego. En meditar con la disposición del descanso. En escuchar con la disposición del asombro. En volver al cuerpo, que es lo primordial. En contactar a menudo con los animales y con la naturaleza, pues son nuestro reflejo. Ser como niños supone hacerlo todo despacio.

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Santi Perich

Psicólogo Col.12669 con una consulta situada en el centro de Sabadell.

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