Para poder experimentar la intrepidez es necesario vivenciar el miedo. La esencia de la cobardía consiste en no reconocer la realidad del Miedo.

Innumerables son las estrategias que usamos para apartar nuestros pensamientos del miedo. Hay quienes toman tranquilizantes, hay quienes hacen yoga. Algunos miran la televisión o leen revistas o se van a un bar a tomarse una cerveza. Desde el punto de vista del cobarde, el aburrimiento es algo que hay que evitar, porque cuando nos aburrimos empezamos a sentirnos angustiados. Estamos acercándonos a nuestro miedo. Hay que buscar diversiones y evitar cualquier pensamiento relacionado con la muerte. La cobardía es, pues, el intento de vivir nuestra vida como si no se conociera la muerte.

Es menester reconocer el miedo. Tenemos que darnos cuenta de nuestro miedo y reconciliarnos con él. Debemos atender a cómo nos movemos, cómo hablamos, cómo nos conducimos, cómo nos mordemos las uñas, cómo a veces, inútilmente, nos metemos las manos en los bolsillos. Así aprenderemos algo sobre la forma en que el miedo se expresa mediante la agitación. Debemos darnos cuenta de que el miedo está al acecho en nuestras vidas, siempre, en cualquier cosa que hagamos.

Reconocer el miedo no es causa de depresión ni de desánimo. Porque poseemos el miedo tenemos también, potencialmente, derecho a la vivencia de la intrepidez. La verdadera intrepidez no consiste en reducir el miedo, sino en trascenderlo.

Empezamos a trascender el miedo cuando examinamos nuestro miedo: nuestra angustia, nerviosismo, preocupación e inquietud. Si profundizamos en nuestro miedo, si miramos debajo del barniz que lo recubre, lo primero que nos encontramos por debajo del nerviosismo es la tristeza. El nerviosismo está todo el tiempo vibrando, dando vueltas a la manivela. Cuando disminuimos las revoluciones, cuando nos relajamos y aceptamos nuestro miedo, nos encontramos con la tristeza, que es tranquila y dulce.

La tristeza nos hiere en el corazón, y el cuerpo responde con una lágrima. Antes de llorar sentimos una sensación en el pecho y, después de eso, se nos forman lagrimas en los ojos. Cuando nuestros ojos están a punto de deshacerse en lluvia o en una cascada, nos sentimos tristes y solos, y quizás, al mismo tiempo románticos. Es el primer asomo de la intrepidez, y la primera señal de un auténtico espíritu de guerrero. Tal vez nos imaginemos que al vivenciar la intrepidez, uno oirá los primeros compases de la Quinta Sinfonía de Beethoven o verá una gran explosión en el cielo, pero las cosas no se dan de esa manera. Descubrir la intrepidez es trabajar con la vulnerabilidad del corazón humano.

Cuando contactamos con nuestro corazón tierno y sensible, puede ser que nos sintamos sumamente torpes o que no sepamos como relacionarnos con esa forma de intrepidez. Pero después, a medida que vamos vivenciando con más intensidad esa tristeza, nos damos cuenta de que tenemos que ser sensibles y abiertos. Entonces ya no necesitamos sentir timidez ni vergüenza por ser sensibles; en realidad, nuestra vulnerabilidad comienza a volverse apasionada. Quiere extenderse hacia los demás y comunicarse con ellos.

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Santi Perich

Psicólogo Col.12669 con una consulta situada en el centro de Sabadell.

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