En la India, una familia de comerciantes tenia un hijo pequeño al que querían mucho, pero a los diez años enfermo gravemente y entro en un prolongado estado de coma. Varios médicos acudieron a tratarlo, pero nada de lo que hacían podía despertarlo. Entonces, los padres se enteraron de que un famoso yogui estaba de visita en un pueblo cercano y le rogaron que fuera a ayudar a su hijo. El yogui acudió, recitó sus oraciones y mantras más poderosos, pero sin ningún efecto. Finalmente, les dijo a los padres que la única esperanza que les quedaba para curarlo era ofrecer lo que se conoce tradicionalmente como un acto de verdad.
Después de meditar en silencio, el yogui se acerco al niño, le tomo la mano y le confesó que, aunque era un mendicante muy conocido, en realidad era un fraude y no creía en mucho de lo que enseñaba. Al oír esto, el niño abrió los ojos y miro a su alrededor. Siguió el turno de la madre, quien lo miro y le dijo que nunca había amado realmente a su marido. Eran un matrimonio concertado y, pese que habían formado una familia, ella nunca había sido feliz. Al oír esto, el niño se incorporó y todos se asombraron.
Finalmente, el niño miro al padre, quien se tomo su tiempo para reflexionar y luego habló: “todos piensan que soy un comerciante exitoso, pero en realidad, aunque trabajo duro, mi negocio está casi en bancarrota y no les he dicho a mis acreedores que es posible que no les pague”. Al oír esto, el niño se levanto, pues se sentía bien otra vez, y abrazo a su madre y a su padre.
Gracias a estos actos de sinceridad, el niño se recuperó y la familia pudo recuperar su vida y empezar de nuevo. Se miraron con nuevos ojos, pues ahora estaban dispuestos a decir la verdad; así surgió entre ellos una nueva relación de ternura y compasión.