C.G.Jung aborda en ocasiones el problema del miedo, y lo considera una vía legítima por la que avanzar. Uno va hacia el lugar donde tiene miedo, pero no como un héroe que va hacia donde está el dragón para vencerlo. El miedo, en cuanto patrón instintivo de comportamiento, en cuanto parte de la “sabiduría del cuerpo”, nos proporciona una conexión con la naturaleza semejante al hambre, la sexualidad o la agresión. El miedo, igual que el amor, puede convertirse en un reclamo para la consciencia; uno encuentra lo inconsciente, lo desconocido, lo numinoso y lo incontrolable cuando tiene contacto con el miedo, que eleva el ciego pánico instintivo del rebaño al sagaz, astuto y reverencial temor del pastor.
Para Jung debemos aprender de nuevo a tener miedo, prestar oídos a la sabiduría del cuerpo que conecta con lo divino. A pesar de que el alma este presa de miedo o incluso pánico, debemos escuchar de qué nos están hablando las fuerzas de la naturaleza. No tener miedo, estar libre de angustia, de temor, ser invulnerable al pánico, significaría una pérdida de instinto, de conexión con lo más primario, lo más natural y, porque no, lo más sagrado. Los que carecen de miedo tienen sus escudos; cuentan con construcciones que previenen de imprevistos, defensas sistemáticas que mantienen a raya la sorpresa.
En otras palabras, el miedo (pánico) y la paranoia pueden ser inversamente proporcionales. Cuanto más susceptibles seamos al pánico instintivo, menos vulnerables seremos a nuestros sistemas paranoicos. Todo complejo que sea causa de pánico no debe ser integrado en una construcción defensiva, pues constituye una vía regia para desarbolar las defensas paranoicas. Esta es la vía terapéutica del miedo.
Este miedo nos conduce fuera de nuestra propia ciudad (ego, sistema defensivo) hacia el campo abierto, el campo de la naturaleza. Especialmente de noche, cuando la ciudadela está a oscuras y el yo heroico duerme, el miedo constituye una participación mystique directa con esa naturaleza, una experiencia fundamental del mundo vivo.