En nuestra Contemplación dirigimos nuestra atención a la «Conciencia testigo”. Eso significa únicamente que permanecemos como la Conciencia testigo de forma consciente. Es decir, esta Conciencia permanece, mora o habita en sí misma, como sí misma, conscientemente. Dejamos que la mente, el cuerpo y el mundo aparezcan, permanezcan y desaparezcan en esta presencia de la Consciencia. De todos modos, eso ya es lo que hacen, así que sencillamente cooperamos con lo que ya es siempre así.
El cuerpo, la mente y el mundo son por igual objetos de la Conciencia. Sin embargo, cuando identificamos erróneamente la Conciencia con el «cuerpo-mente” transferimos el estatus del sujeto (que propiamente le pertenece solo a la Conciencia) al cuerpo-mente. De esta manera, hemos acabado pensando y sintiendo que soy “yo” como cuerpo-mente quien experimenta el mundo. Sin embargo, el cuerpo-mente no presencia, atestigua ni experimenta nada, sino que él mismo es presenciado, atestiguado, experimentado.
Experimentamos la mente (los pensamientos y las imágenes) y el cuerpo (las sensaciones) exactamente del mismo modo que experimentamos el mundo (las percepciones sensoriales). Cada una de estas experiencias es por igual un objeto de la Conciencia; La mente y el cuerpo son objetos de la Conciencia en la misma medida que el mundo.
Así pues, por medio de la comprensión devolvemos la mente y el cuerpo al lugar que les corresponde (junto con el mundo) como objetos de la Conciencia. Y, por el mismo motivo, al devolver la mente y el cuerpo al reino de lo objetivo por medio de la comprensión también devolvemos el “yo” a la Conciencia.