Supongamos que una persona desarrolla una migraña. Si esa persona (pongámosle de nombre Martina) emprendiera una experiencia de imaginación activa, podría empezar pidiendo a lo inconsciente que produjera la imagen de la enfermedad. Si esa imagen fuera por ejemplo la de un hombrecillo golpeándole la cabeza, entablaría un dialogo con él.
El uso de visualizaciones para enfrentarse a una enfermedad es hoy en día una práctica generalizada. En este ejemplo, Martina visualiza flechas venenosas que atraviesan al hombrecillo y lo matan. Este enfoque tiene el mérito de buscar efectos sanadores en el ámbito de la imaginación, pero por desgracia no diferencia lo bastante entre imaginación y fantasía. Para el yo, limitarse a visionar que mata a la imagen-enfermedad es una pura fantasía, pues no hay interacción alguna entre el yo y la imagen, sino solo una manipulación por parte del yo. Esto sólo puede arrojar resultados parciales y no debe confundirse con una experiencia de imaginación activa con la enfermedad.
En la imaginación activa, el yo no impone su voluntad a la enfermedad, sino que debe ocuparse de ella de manera objetiva, con la esperanza de crear la tensión necesaria para que se active la función trascendente (unión de contenidos conscientes e inconscientes). En el ejemplo, Martina debe establecer un diálogo con el hombrecillo, preguntarle por qué la esta perjudicando y escuchar con atención sus razones. Debe llegar a entender el punto de vista del hombrecillo sin renunciar al suyo propio. Si el hombrecillo dice que la está dañando porque Martina da demasiadas vueltas a las cosas y nunca expresa sus sentimientos, ella debe tener en cuenta ese argumento y plantearse la posibilidad de cambiar de actitud, pero también debe decirle al hombrecillo que hacerle daño en la cabeza no es una buena manera de comunicarse con ella y que debe desistir de hacerlo. El dialogo ha de continuar así, en un tira y afloja, como siempre ocurre con la auténtica imaginación activa.
Ocuparse de una enfermedad o de un síntoma en el plano imaginal abre una nueva posibilidad de transformación, incluida la de ver la dolencia como una expresión de significado y no sólo un enemigo al que hay que destruir.