Para el buscador, la búsqueda se puede considerar una cuestión de vida o muerte: si no la mantiene encendida, siente morir una parte suya. Buscar le da la sensación de estar vivo: cada vez que entra en sí mismo, siente que se acuerda de algo pendiente. Ese recordarse tiene la intensidad de un “volver al hogar”.
Para el buscador espiritual su verdadera patria no es el país donde nació, la familia de la que desciende, ni los afectos y circunstancias que lo rodean; menos aún, sus bienes materiales. Es una dimensión que habita antes de crear este cuerpo, una dimensión que lo acompañará al dejarlo. Su patria, en este sentido, está en la calidad de la atención con que busca rastros, en el vínculo que establece con cada detalle, en cómo se une con cada momento.
No hace mucho tiempo, esta actitud que estamos hablando era considerada un síntoma de psicosis. La perspectiva transpersonal la ha revalorizado como una emergencia espiritual, quedando así despatologizada socialmente. Aunque muchos la aprovecharon para liberar sus ambiciones “egoicas”, la revolución del Yo se presentó como una oportunidad para trascenderlo. Entendido así, las nuevas generaciones de buscadores encontraron, a través de sus búsquedas individuales, los mismos postulados que venían ofreciendo las tradiciones de sabiduría milenarias.
El buscador sabe que el camino no tiene fin, que la respuesta nunca será alcanzada, que asumirse como buscador le pide abandonar cualquier tipo de objetivo. En su andar va abandonando las intenciones y pretensiones surgidas de los dominios de su yo y va entregándose a lo que pueda encontrar en otros niveles de conciencia.