Vivir con arte es vivir explicando la vida, cantándola, saboreando los gustos y los disgustos.
A menudo asociamos aquello íntimo al que es secreto, está oculto o no se explica. Pero, en realidad, solo hay intimidad en la medida que otro puede llegar a adentrarse. El arte de explicar la vida consiste en encontrar quién, hasta donde y por qué. Pero lo que está claro es que nadie es íntimo solo. Lo que está más interior es donde se da la apertura al otro.
La intimidad no es como un hueso redondo y cerrado que se esconde bajo la piel y bajo la carne, como un último y sólido reducto. Al contrario, la intimidad es una doblez en el lenguaje, gracias a la cual lo que decimos no se agota en su literalidad, sino que evoca o implica algo. El amigo o amiga íntimo es quien se hace receptor de este exceso de sentido que va más allá de la información que contienen las palabras y su literalidad. Es quien “entiende”, y de aqui la sensación de comprensión, de complicidad y de acuerdo, más allá de las palabras, lo que caracteriza a la amistad. “Este desdoblamiento del significado público en la resonancia del sentido íntimo es lo que sostiene la realidad del lenguaje”.
En este sentido, la amistad es enemiga de la literalidad, porque hace posible compartir la resonància del lenguaje. Todos hemos podido sentir alguna vez el cansancio que nos provocan aquellas personas a quienes hay que dar demasiadas explicaciones para llegar a entendernos un poco, el agotamiento de las palabras que causan las relaciones o situaciones en que se tiene que decir todo. En esta exigencia de transparencia total del lenguaje no hay descanso, no hay retirada posible; ni hay, en una palabra, intimidad. Aquello íntimo, por lo tanto, está en lo que hablamos cuando no todo es dicho ni explícito. Está en este “entre” que resuena.