La meditación no es una actividad sino el cese de una actividad.
Para entender que la meditación no es una actividad podemos usar el ejemplo del “puño cerrado”. Si dejamos la mano abierta y la vamos cerrando lentamente con fuerza vemos que es necesario hacer un esfuerzo tanto para apretarla como para mantenerla en esa posición contraída .
Si mantenemos la mano en esa posición contraída durante cierto tiempo los músculos se acostumbran a esa nueva situación y no tardamos en dejar de ser conscientes de que hay que aplicar un esfuerzo sutil de forma continua para mantenerla.
Ahora, si alguien nos pide que abramos la mano, sentimos que hemos de hacer un esfuerzo para abrirla. Al abrirla, en algún momento nos damos cuenta de que para abrir la mano n
o estamos aplicando nuevo esfuerzo, sino que en realidad estamos relajando una tensión o un esfuerzo anterior del cual ya ni siquiera éramos conscientes .
El esfuerzo aparente que hemos de realizar para abrir la mano resulta ser la relajación del esfuerzo que hicimos originalmente para contraerla. Lo que parecía ser el inicio de un esfuerzo resulta ser el cese de un esfuerzo.
La meditación funciona de manera similar. Nuestra verdadera naturaleza es abierta, ilimitada, libre, consciente, autoluminosa y autoevidente. Aunque es posible que no nos demos cuenta, esta es nuestra experiencia en todo momento.
Esta Conciencia abierta, libre e ilimitada se ha contraído sobre sí misma, se ha replegado en el angosto armazón de un cuerpo y una mente, limitándose así a una diminuta ubicación dentro de un vasto espacio y a un breve momento en una infinita extensión de tiempo.
Con la meditación cesamos con ese empeño.